Mostrando entradas con la etiqueta Rocío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rocío. Mostrar todas las entradas
Dame tiempo para llegar tarde
by Rocío
No sé si esto me llevará a alguna parte... O si por el contrario me llevará a una caída en estrépito, pero ¿por qué no intentarlo?
Supongo que no perderé nada, pues todo lo escrito no será en balde y me servirá de terapia a esta rareza transitoria que me acecha.
¿Recomendable? Bueno... Intentaré que lo sea :)
tiempoparallegartarde.blogspot.com
P.D. ¡Cuánto echo de menos un listado de frases para analizar!
Etiquetas:
Rocío
Letras
by Rocío
Dicen que cuando algo pasa en tu vida, cuando algo es tan importante en ella como para hacer temblar sus cimientos, las sonrisas y las lágrimas afloran a partes iguales. Al menos, eso pienso yo.
Llevo meses sintiéndome culpable. Con esa culpabilidad que solo ataca al curioso al callar sus preguntas. Con esa culpabilidad que solo afecta a quien tiene algo que contar, algo que enseñar, algo que mostrar... Y no lo hace. Llevo meses así. Notando mi falta de fuerza al enlazar dos palabras seguidas, mas queriendo hacerlo pues eso me llena de vida al romper la triste rutina. Pero... ¿Qué hacer cuando los pensamientos son los monótonos? ¿Cómo actuar ante el caos de mi cabeza? ¿De qué forma resolver esa encrucijada que me robaba el aire? Pues las letras pervivían ahí, en el último pensamiento antes de dormir, en el primero al despertar. Más de un día me he sentado frente al ordenador, notando el picor en mis ojos ante la falta de orden y ánimo. Notando un pequeño puchero, similar al de un crío, al no saber qué era aquello que me oprimía. Y yo misma, al escribir las primeras lineas, era el dictador que censura lo escrito. Inconformismo. Esa era la puntilla que terminaba de destruir la poca creatividad que me acompañaba.
Sin saber bien por qué, al refugiarme en el calor de un buen libro, aun la culpabilidad era mayor. A cada nueva oración, a cada reflexión profunda, a cada palabra de amor... más desvalida me sentía.
Se puede llamar tontería. Imbecilidad, también. Pero al convivir con algo, al ilusionarte sobre manera ante la compañía de un arte... Duele ver como la inspiración se va marchando poco a poco hasta dejarte vacía.
No es rellenar una hoja en blanco. Es hacer pensar. Dar tu opinión. Criticar. Llorar. Reir. Gritar que algo no te gusta. O que simplemente te encanta.
Y eso intento. Aunque quizás hoy no haya sacado nada en claro. Aunque a veces mis escritos terminen en un lugar de una libreta guardada en un frío cajón, al igual que aquel arpa situada en el ángulo oscuro del salón (olvidada tal vez por su dueña).
Hoy simplemente necesitaba desahogarme. Llorar un poco para reír después. Pero no era lugar para contar penas. No es lugar para hacer llorar. Para narrar cómo una nueva ilusión y desilusión, se ha cruzado en mi camino. Mas, con los ojos inundados de lágrimas y mil dudas a mi alrededor, pienso que... ese era el empujón que necesitaba, ese puntapié que me hacía tanta falta, para volver a sentir la necesidad de escribir sin tapujo, ni falta de aliento.
Llevo meses sintiéndome culpable. Con esa culpabilidad que solo ataca al curioso al callar sus preguntas. Con esa culpabilidad que solo afecta a quien tiene algo que contar, algo que enseñar, algo que mostrar... Y no lo hace. Llevo meses así. Notando mi falta de fuerza al enlazar dos palabras seguidas, mas queriendo hacerlo pues eso me llena de vida al romper la triste rutina. Pero... ¿Qué hacer cuando los pensamientos son los monótonos? ¿Cómo actuar ante el caos de mi cabeza? ¿De qué forma resolver esa encrucijada que me robaba el aire? Pues las letras pervivían ahí, en el último pensamiento antes de dormir, en el primero al despertar. Más de un día me he sentado frente al ordenador, notando el picor en mis ojos ante la falta de orden y ánimo. Notando un pequeño puchero, similar al de un crío, al no saber qué era aquello que me oprimía. Y yo misma, al escribir las primeras lineas, era el dictador que censura lo escrito. Inconformismo. Esa era la puntilla que terminaba de destruir la poca creatividad que me acompañaba.
Sin saber bien por qué, al refugiarme en el calor de un buen libro, aun la culpabilidad era mayor. A cada nueva oración, a cada reflexión profunda, a cada palabra de amor... más desvalida me sentía.
Se puede llamar tontería. Imbecilidad, también. Pero al convivir con algo, al ilusionarte sobre manera ante la compañía de un arte... Duele ver como la inspiración se va marchando poco a poco hasta dejarte vacía.
No es rellenar una hoja en blanco. Es hacer pensar. Dar tu opinión. Criticar. Llorar. Reir. Gritar que algo no te gusta. O que simplemente te encanta.
Y eso intento. Aunque quizás hoy no haya sacado nada en claro. Aunque a veces mis escritos terminen en un lugar de una libreta guardada en un frío cajón, al igual que aquel arpa situada en el ángulo oscuro del salón (olvidada tal vez por su dueña).
Hoy simplemente necesitaba desahogarme. Llorar un poco para reír después. Pero no era lugar para contar penas. No es lugar para hacer llorar. Para narrar cómo una nueva ilusión y desilusión, se ha cruzado en mi camino. Mas, con los ojos inundados de lágrimas y mil dudas a mi alrededor, pienso que... ese era el empujón que necesitaba, ese puntapié que me hacía tanta falta, para volver a sentir la necesidad de escribir sin tapujo, ni falta de aliento.
Etiquetas:
Rocío
Batalla sin armas
by Rocío
Suspira, cierra los ojos y calla
al llegar la tormenta abrasadora.
Tormenta que sin piedad mueve
y hace temblar su alma.
Tras ella la noche intranquila
la cual ni consuela ni calma
el collar de perlas
que en sus mejillas arrastra.
Aparece curiosa el alba
pasada la oscura negrura.
Y los últimos golpes resiste,
mas cansada ella se rinde.
Afronta dignamente su derrota
y así gana su ansiada victoria.
¡Y ahora, pequeña mía,
respira, sonríe y habla!
Etiquetas:
Rocío
Sueños
by Rocío
Sueños. Conjunto de 6 letras que forman la palabra más hermosa que puedas escuchar. Una palabra dulce. Melodiosa. Pero, cierra un momento los ojos y piensa en su significado. Escúchala mentalmente. ¿Es ahora tan hermosa como se escucha?
Los sueños son intangibles. Irreales. Traicioneros… Se podría decir que no son más que un producto de nuestra imaginación. Una muestra de nuestros deseos más profundos. Un viaje que nuestra mente hace para llegar al rincón en el que guardamos las esperanzas.
Irónico ¿no? En el único momento en el que no te mueves es cuando haces todo aquello que nunca te atreviste a hacer. El mundo gira a nuestro alrededor mientas permanecemos parados. Moviéndonos sin que nuestros músculos trabajen.
Cuando nuestros ojos se cierran una luz azulada se posa sobre nuestras mejillas. Sobre nuestros parpados. Nuestras manos. Nuestros labios. Una luz azulada se posa sobre nosotros, hechizándonos, haciendo inconfundibles los sueños. Haciendo que nuestro mundo deje de ser mundo. Convirtiendo un paisaje agreste, en un bello prado lleno de flores. Convirtiendo el más seco desierto, en un lago de aguas cristalinas. Colocando sobre el blanco techo un manto de estrellas. Tornando lo alto en bajo. Haciéndolo todo más cortó. Eliminando las distancias. Los márgenes. Los estereotipos. Borrando las formas. Suprimiendo nuestros miedos.
La luz de la luna nos vuelve valientes. Nos embruja. Nos conduce hacia el sitio más hermoso. Hacia el sitio deseado. Con la compañía esperada. En una situación mil veces imaginada, pero nunca real. Aunque en ese momento si lo es, real en nuestra mente. Existente en nuestros sueños. En los que, como siempre, el amor juega un papel importante.
Pues todos hemos soñado estar con la persona por la que nuestras piernas tiemblan. Con estar con la persona por la que nuestro corazón se acelera. Con la única capaz de hacer que mil escalofríos recorran nuestra espalda, con solo una caricia. Todos hemos soñado estar frente a esa persona. Todos hemos soñado que en el preciso momento en el que nos mira no cerramos los ojos.
En sueños no somos cobardes. No huimos. No esperamos. No nos alejamos de aquello que queremos.
Pero al despertar, al abrir los ojos, la realidad nos inunda. Volviendo a nosotros la claridad. Y tras un duro día tienes delante sus ojos. Hermosos y sinceros. Los mismos ojos que hace solo una hora nos miraban embelesados. Los mismos que hace unas horas nos gritaban que nos amaban. En sueños. Solo en sueños. Frente a nosotros sus manos. De tacto delicado, al tiempo que fuertes y protectoras. Las mismas manos que hace solo unas horas nos acariciaban. Deslizando la yema de sus dedos sobre nuestra piel. Haciendo que mil mariposas se agolpasen en nuestro estómago. Ahora las sentimos. Pero no nos acaricia. Ahora la miramos. Disimuladamente. Cobardes. Tanto como valiente fuimos en sueños.
Sueños, sarta de engañifas. Sueños volátiles y pasajeros. Porque, ¿alguien recuerda un sueño tras un largo día de adversidades? No. Nuestra mente se encarga de olvidarlos para que con ellos no podamos comparar la realidad.
Mas, con nosotros queda la esencia. Con nosotros pervive un rayo de esa luz azulada que por la noche custodia nuestros sueños. Luz de luna. La misma luna que si despiertos nos acoge, al creernos dormidos, convierte a la realidad nuestros deseos y esperanzas.
Los sueños son intangibles. Irreales. Traicioneros… Se podría decir que no son más que un producto de nuestra imaginación. Una muestra de nuestros deseos más profundos. Un viaje que nuestra mente hace para llegar al rincón en el que guardamos las esperanzas.
Irónico ¿no? En el único momento en el que no te mueves es cuando haces todo aquello que nunca te atreviste a hacer. El mundo gira a nuestro alrededor mientas permanecemos parados. Moviéndonos sin que nuestros músculos trabajen.
Cuando nuestros ojos se cierran una luz azulada se posa sobre nuestras mejillas. Sobre nuestros parpados. Nuestras manos. Nuestros labios. Una luz azulada se posa sobre nosotros, hechizándonos, haciendo inconfundibles los sueños. Haciendo que nuestro mundo deje de ser mundo. Convirtiendo un paisaje agreste, en un bello prado lleno de flores. Convirtiendo el más seco desierto, en un lago de aguas cristalinas. Colocando sobre el blanco techo un manto de estrellas. Tornando lo alto en bajo. Haciéndolo todo más cortó. Eliminando las distancias. Los márgenes. Los estereotipos. Borrando las formas. Suprimiendo nuestros miedos.
La luz de la luna nos vuelve valientes. Nos embruja. Nos conduce hacia el sitio más hermoso. Hacia el sitio deseado. Con la compañía esperada. En una situación mil veces imaginada, pero nunca real. Aunque en ese momento si lo es, real en nuestra mente. Existente en nuestros sueños. En los que, como siempre, el amor juega un papel importante.
Pues todos hemos soñado estar con la persona por la que nuestras piernas tiemblan. Con estar con la persona por la que nuestro corazón se acelera. Con la única capaz de hacer que mil escalofríos recorran nuestra espalda, con solo una caricia. Todos hemos soñado estar frente a esa persona. Todos hemos soñado que en el preciso momento en el que nos mira no cerramos los ojos.
En sueños no somos cobardes. No huimos. No esperamos. No nos alejamos de aquello que queremos.
Pero al despertar, al abrir los ojos, la realidad nos inunda. Volviendo a nosotros la claridad. Y tras un duro día tienes delante sus ojos. Hermosos y sinceros. Los mismos ojos que hace solo una hora nos miraban embelesados. Los mismos que hace unas horas nos gritaban que nos amaban. En sueños. Solo en sueños. Frente a nosotros sus manos. De tacto delicado, al tiempo que fuertes y protectoras. Las mismas manos que hace solo unas horas nos acariciaban. Deslizando la yema de sus dedos sobre nuestra piel. Haciendo que mil mariposas se agolpasen en nuestro estómago. Ahora las sentimos. Pero no nos acaricia. Ahora la miramos. Disimuladamente. Cobardes. Tanto como valiente fuimos en sueños.
Sueños, sarta de engañifas. Sueños volátiles y pasajeros. Porque, ¿alguien recuerda un sueño tras un largo día de adversidades? No. Nuestra mente se encarga de olvidarlos para que con ellos no podamos comparar la realidad.
Mas, con nosotros queda la esencia. Con nosotros pervive un rayo de esa luz azulada que por la noche custodia nuestros sueños. Luz de luna. La misma luna que si despiertos nos acoge, al creernos dormidos, convierte a la realidad nuestros deseos y esperanzas.
Etiquetas:
Rocío
Retratar un bonito momento
by Rocío
A veces sentimos la necesidad de inmortalizar algunos lugares o momentos de nuestra vida, para que quede constancia de que estuvimos en la capital más remota del mundo, o simplemente para recordar cómo era nuestro rostro cuando teníamos 3 años.
Para ello necesitaremos una serie de instrucciones con las que plasmar ese instante de por vida.
En primer lugar, debemos tener posesión de lo imprescindible en todo esto; una máquina de inmortalizar momentos. No es difícil conseguirlas. Las podemos encontrar en tiendas específicas para ellas, que, aunque pueda parecer complejo es más sencillo de lo que imaginamos. Si aún no disponemos del artilugio, la solución más sencilla es pedirla prestada momentáneamente a un familiar o un amigo.
Una vez que tenemos el objeto, lo cogemos con ambas manos. Con cuidado de no dejarlo caer, sobretodo si es nuestra. En caso de que esto ocurra y el aparato sea prestado… con un simple: “Ya estaba así” lo podremos arreglar.
Nos colocamos delante del instante a retratar, esperamos pacientemente que el momento llegue. Esperamos una mirada cómplice entre amigos. Una sonrisa de un niño pequeño. Una divertida caída de uno de tus primos. O el gesto embobado de un abuelo observando a su nieto fantasear… Cualquier cosa vale. Aunque si se está empezando su carrera como inmortalizador de instantes le recomiendo comenzar por lo básico, retratando un jarrón.
Cuando el momento haya llegado, pulsamos un botón. ¿Qué botón? Sencillo, en cada aparato está en un sitio diferente, pero casi todos suelen estar por la parte derecha de arriba.
Muy importante; No esperes al momento de retratar el instante para buscar el botón. Si haces eso, plasmarás la acción siguiente a la deseada.
Una vez que le demos podrán ocurrir dos cosas. Puede que salte una luz cegadora, dejando con una extraña expresión a todos los presentes, o simplemente sonará un suave sonido que nos indicará que el retrato ya está realizado.
Sabiendo hacer la primera, las demás vienen solas. Lo único que habremos de hacer es no perder la costumbre.
Es bonito retratar instantes, y lo mejor es ver después como aquella sonrisa, aquella caída, aquella puesta de sol… quedan para siempre plasmada en un papel.
Para ello necesitaremos una serie de instrucciones con las que plasmar ese instante de por vida.
En primer lugar, debemos tener posesión de lo imprescindible en todo esto; una máquina de inmortalizar momentos. No es difícil conseguirlas. Las podemos encontrar en tiendas específicas para ellas, que, aunque pueda parecer complejo es más sencillo de lo que imaginamos. Si aún no disponemos del artilugio, la solución más sencilla es pedirla prestada momentáneamente a un familiar o un amigo.
Una vez que tenemos el objeto, lo cogemos con ambas manos. Con cuidado de no dejarlo caer, sobretodo si es nuestra. En caso de que esto ocurra y el aparato sea prestado… con un simple: “Ya estaba así” lo podremos arreglar.
Nos colocamos delante del instante a retratar, esperamos pacientemente que el momento llegue. Esperamos una mirada cómplice entre amigos. Una sonrisa de un niño pequeño. Una divertida caída de uno de tus primos. O el gesto embobado de un abuelo observando a su nieto fantasear… Cualquier cosa vale. Aunque si se está empezando su carrera como inmortalizador de instantes le recomiendo comenzar por lo básico, retratando un jarrón.
Cuando el momento haya llegado, pulsamos un botón. ¿Qué botón? Sencillo, en cada aparato está en un sitio diferente, pero casi todos suelen estar por la parte derecha de arriba.
Muy importante; No esperes al momento de retratar el instante para buscar el botón. Si haces eso, plasmarás la acción siguiente a la deseada.
Una vez que le demos podrán ocurrir dos cosas. Puede que salte una luz cegadora, dejando con una extraña expresión a todos los presentes, o simplemente sonará un suave sonido que nos indicará que el retrato ya está realizado.
Sabiendo hacer la primera, las demás vienen solas. Lo único que habremos de hacer es no perder la costumbre.
Es bonito retratar instantes, y lo mejor es ver después como aquella sonrisa, aquella caída, aquella puesta de sol… quedan para siempre plasmada en un papel.
Etiquetas:
Rocío
Un nuevo día
by Rocío
Amanece. Un nuevo día. Sonríes. Piensas “Hoy será mejor que ayer”. Hoy todo va a cambiar. Te equivocas. Ves como cuando tus ojos se abren lo primero que ves es oscuridad. Ni siquiera la luna ilumina tu habitación. Ni siquiera se digna a hacerlo. Te sientas sobre el filo de la cama. Con unas ojeras que llegan al suelo. ¿Cómo voy a salir así? ¿Qué pensaran? No me importa. Todo el mundo las tiene. Las tapan debajo de botes y botes de maquillaje. Algunas ni siquiera las ocultan. Yo tampoco lo hago. Para que malgastar un precioso tiempo en tonterías. Eso lo es. Pero ¿Desde cuándo el tiempo es precioso? ¿Desde cuándo el tiempo vale algo para mí? Nunca lo ha hecho. Siempre veo las horas pasar. A veces incluso con ansia. Espero el momento en el que ocurra algo. Impaciente. A veces me pasa. No veo el momento en el que la aguja del reloj se mueva. Dando así comienzo otro segundo. Otro minuto. Otra hora. El tiempo siempre es un problema. No puedes pararlo cuando quieres. Tampoco puedes adelantarlo. El mundo sigue girando a tu alrededor. Sin poder controlarlo. A veces me gustaría. Siempre querría hacerlo. Respiro hondo. Dejando que mis pies toquen el suelo. Por ahora no me duelen. Ya lo harán. El día es largo. Muy largo. Como siempre. Estoy cansada de caminar. Caminar. No me refiero al hecho de mover mis piernas. No me refiero al hecho de moverme de un sitio a otro. La vida. Caminas. Forjas un camino. El que quieres. El que deseas. Pero ¿De verdad eliges tú ese camino? ¿No hay nadie que te empuje a tomar decisiones? Siempre los hay. Alguien que está detrás de ti. Alguien por el que te animas a hacer algo. Creyendo que no repercute en nada. Lo hace. En ese momento has dado otro paso. Un paso sobre tu camino. Ese camino que todo el mundo ve de color de rosa. Yo no lo veo de ese color. Lo veo plagado de rosas. Sí. Flores hermosas con espinas. ¿Acaso no es eso la vida? Un camino en el que siempre lo ves todo hermoso. Maravillo. Al coger la rosa te pinchas. Te clavas sus espinas. ¿Acaso no es eso la vida? Siempre hay algo que te hace equivocarte. Quizás sea aquello tan hermoso que viste en un principio. Ya no es tan bonito. Al pincharte. Al caerte. Al equivocarte. Te das cuenta de que no deberías de haber cogido la rosa tan rápidamente. Deberías de haber pensado como cogerla. Para no clavarte las espinas. Vuelvo a respirar. Esta vez suelto el aire en un angustiado suspiro. Me levanto de la cama. No volveré a sentarme en ella hasta la noche. Me dirijo hacia la ventana. Fuera hace frio. Hecho que hace que maldiga de nuevo tener que salir. Fuera. Las calles están oscuras. Me arreglo. Lo más rápidamente que puedo. No quiero volver a llegar tarde. Hoy es un día nuevo. No llegaré tarde. Me equivoco. Siempre lo hago. Ambas cosas. Equivocarme y llegar tarde. No lo puede evitar. Llámalo defecto. También lo puedes llamar don. El don de la impuntualidad. No me gustan ninguno de los dos conceptos. No es un don, pero tampoco es un defecto así que llamémoslo impuntualidad a secas. Impuntual. Eso soy siempre tranquila. Relajada. ¿Para qué correr? Salgo de la habitación. Vestida. Arreglada. Siguiendo mis gustos. No entiendo a aquellos que intentan ser quienes no son. Cambian su forma de vestir. Su propio carácter para gustar a los demás. Para gustar a todo el mundo. Imposible. Si sigues tus gustos. Si haces lo que realmente quieres. Lo que deseas. Siempre encuentras a alguien con quien compartir esos gustos. Con quien compartir tus problemas. Alguien con quien reír. Alguien con quien ser tú mismo. Siempre lo encuentras. Aunque te sientas sola. Aunque en tu cabeza nada tenga sentido siempre hay personas a tu lado. Ellas te hacen seguir sonriendo. Forjando el camino de la vida. En ellas siempre podrás confiar. Con ellas nunca te sentirás sola. Salgo a la calle. Otoño. Mañanas frías. Tardes cálidas. No aptas para calurosas. Yo lo soy. Sea invierno o verano yo siempre tengo calor. Otra peculiaridad. Ando. A paso rápido para no llegar tarde. Siempre lo hago. Por el camino te cruzas con gente. Mucha gente que se apelotona. Saturando las entradas a los institutos. El camino es largo. Te cruzas con mucha gente. Algunas llevan la cabeza agachada. Personas tímidas. No se atreven a mirar al mundo con la cabeza alta. Ni siquiera se atreven a mirar lo que tienen delante. El simple hecho de tener que hablar a personas desconocidas les aterra. Personas encerradas en sí mismas. Yo no llego al extremo. Pero me considero una persona tímida. Vergonzosa. Otras personas ríen. Cuchichean. Hablan sobre cómo les fue la tarde. Sobre que hicieron con el chico que les mola. Así lo dicen: molar. Yo considero que quien utilice esa palabra francamente está acabado. No creo que aquellos flechazos. En las relaciones que se forman con un simple “Hola” y “Adiós”. No creo que las relaciones en las que el uno no sabe nada sobre el otro. No creo en aquellas relaciones que surgen a través de un par de conversaciones por una red social. Yo creo en el amor. Cursi. Romántica. Lo soy. Prefiero creer en una mirada. En una sonrisa… Volvamos a las personas. Cotillean sobre personas ajenas a ellas. Quizás también me pueda considerar un poco cotilla. Pero no creo que, en su justa medida, sea nada malo. Más. Más personas. Chulos de barrio. Canis. Nada que decir sobre ellos. Foto aquí y allá. Recién levantada. En pijama. En bragas. En sujetador. En bikini. En la cama. Sobre un coche… todo sitio y situación es buena para hacerla foto. ¿Se miran en los espejos? He llegado a la conclusión de que no lo hacen. Pero para que hacerlo. Se creen guapas/guapos por liarse con unos y con otros, día sí, día también. No puedo. La gente así me exaspera. Cambiamos. Personas que se creen mejores que otras. Personas que gritan al oído del otro que es mejor. Que es más guapa. Más lista. Más simpática. Si de verdad lo son ¿Por qué lo gritan? ¿No se supone que todos lo deberían de saber? No entiendo a las personas así. No entiendo a la raza humana en general pero bueno, ese es mi problema. Te pisotean a la mínima. Lo hacen. Gritando. Literalmente. Piensan en voz alta. Egocéntricos. Inocentes. Creen que porque todo el mundo escuche su punto de vista lo comparten. No lo hacemos. Yo no lo hago. Pobres. Ingenuos. Se ponen en ridículo. Haciendo que todos escuchemos que se creen mejores. Pensamos en nuestra cabeza que no lo son. Quizás ellos lo digan. Pueden decir que han pensado primero en algo. Tú ya lo habías hecho. Ese problema lo resolviste hace tiempo. Callas. Dejando al egocéntrico en su inocente punto de vista. Todos sabemos que somos mejores que el otro. Lo creemos. Pero ¿Por qué gritarlo? Si de verdad lo somos alguien no tardara en reconocértelo. Alguien no tardara en halagar tus virtudes. ¿Por qué tiene que venir un creído a recalcar tus defectos? Él también los tiene. No hay más. Al menos no quiero recalcar a ninguna persona más. Llegas a tu destino. 6 horas de clase te esperan. Algunas insoportables. Aburridas. Pesadas. Otras más amenas. Se podría decir que incluso divertidas. 6 horas. Con descansos de 5 minutos entre unas y otras. Lo máximo, un recreo de 30 minutos. Necesarios. Útiles. Siempre está bien desconectar. Hablar y relajarte con tus amigas. Sacan una sonrisa a un día corriente. A un día sin sal. Te agarras a un terrón de azúcar para endulzarlo. Porque todos los días son iguales. Nunca te acuestas pensando: “Hoy ha sido un buen día. Un nuevo y fantástico día”. Espero poder hacerlo algún día. Espero poder acostarme pensando en lo maravilloso que ha sido el día de hoy. Quizás no este mirando al lugar correcto para encontrarlo. Quizás nadie lo haga. Pero ¿Dónde está el manual para encontrar el día perfecto? No lo hay. Una mirada. Una sonrisa. Una palabra bonita. Una mano en el hombro cuando algo va mal… Solo hay que buscar eso. Pequeñas perfecciones para un día perfecto.
Etiquetas:
Rocío
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
